18 febrero 2009

Pessoa/Alberto Caeiro

Sí, escribo versos y la piedra no escribe versos.
Sí, hago ideas sobre el mundo y la planta no.
Pero es que las piedras no son poetas, son piedras;
y las plantas son sólo plantas, y no pensadores.
Tanto puedo decir que soy por esto superior a ellas
como que soy inferior.
Pero no digo eso: digo de una piedra: "es una piedra";
digo de la planta: "es una planta";
digo de mí: "soy yo".
Y no digo nada más. ¿Qué más hay que decir?

10 enero 2009

27 diciembre 2008

San Francisco 2009

Escucho a Otis Redding "(Sittin' On) The Dock of the Bay" donde hay que escucharlo: en San Francisco, en la Bahía de San Francisco. Unas pocas islas, Alcatraz, las Farallon, crean la ilusión moderna del náufrago del siglo XXI: el apartamiento voluntario de la urbe. El Golden Gate, como la cola de un dragón, desafía lo real y la Gravedad. Recorro Sausalito, paisaje de una novela negra de Chandler y llego al Chinatown de Polanski y Nicholson. Camino por el centro hippy de Kerouac y entro en la librería "City lights" de Ferlinguetti. Estoy en San Francisco. Escucho a los Jefferson Airplane, "don´t you want somebody to love", a The Mamas and the Papas y su "california dreaming", a Scott Mackenzie con su "San Franciso".
Cerca, el monstruo de Silicon Valley, destruye los mitos antiguos. Recuerdo el poema de Jaime Sanz:
"Alguna cosa ha de romperse bajo el secreto sol,
mientras la luz se retira del recinto que yo me
asigno.
Por qué tendrá que tener una fatalidad cada música
-una voz, una forma, un deslumbramiento-.
Cuestiones importantes y graves, rara vez no ve
uno derrumbarse las cosas-
y eso que no debería de fenecer lo que nace
de por sí.
Pero no se puede reformar el mundo.
Es negocio
de ponerse a llorar, o hacer no sé qué".

24 noviembre 2008

(Lima, 1986) Paulo César Peña

La caracola
La caracola.La caracola es un enigma seductor.La caracola no es una constelación, aunque te rodees de estrellas y te sientas partede alguna extinta mitología.La caracola no es para ilusos, inocentes ni idiotas.La caracola es sólo para los reyes de los huecos de las cerraduras, para los que se sienten acariciados cada vez que reciben el vuelto, para los que tienen los anteojos hechos de espejos.Caracola, caracola, caracola.Hay hombres y mujeres que son caracoles y que duermen tranquilos.Hay niños y niñas que son caracoles y que juegan tranquilos.Hay gente que lo sabe y se hace rica coleccionándolos.Caracola.Mete la nariz y luego verás al sol como una bala de la que hay que cubrirse.Mete la lengua y luego sabrás que el amor es sólo la misma mariposa fulminada por un rayo en pleno vuelo.Mete la mano y luego oirás el llanto de miles de miles de estatuas de nervios y huesos.Caracola.Desde que me decías que este desdén era un desdar desafinado.Despertaba desnudo en el desierto como un animal más.Deseé que Descartes nunca hubiese desrizado nuestro desenfreno.Caracola.¿Quién tiene el secreto? ¿Quién es el espía? ¿Quién es el Señor?Caracola, caracola, caracola.Sangró el cordero y solté mi sábana y el altar estaba listo...Ella estaba poseída.No me arrepiento.La caracola es el laberinto hecho de neblina, complicidad y silencio.La caracola suele tener forma de sueño.

09 octubre 2008

Harto

http://indefinido.es/2007/07/18/rosendo-harto/

05 octubre 2008

Un grito de amor desde el centro del mundo


1
Aquella mañana me desperté llorando. Como siempre. Ni siquiera sabía si estaba triste. Junto con las lágrimas, mis emociones se habían ido deslizando hacia alguna parte. Absorto, permanecí un rato en el futón hasta que se acercó mi madre y me dijo: «Es hora de levantarse».
No nevaba, pero el camino estaba helado, blanco. La mitad de los coches circulaba con cadenas. En el asiento del copiloto, al lado de papá, que era quien conducía el automóvil, se sentó el padre de Aki. Su madre y yo ocupamos los asientos traseros. El coche arrancó. Delante, los dos hombres sólo hablaban de la nieve. Que si lograríamos, o no, llegar al aeropuerto para el embarque. Que si el avión saldría a la hora prevista.
Detrás, nosotros apenas hablábamos. Distraído, miraba por la ventanilla el paisaje que dejábamos atrás. A ambos lados de la carretera se extendían, en todo lo que alcanzaba la vista, campos cubiertos de nieve. A lo lejos, la cresta de las montañas refulgía bañada por los
rayos de un sol que brillaba a través de las nubes. La madre de Aki llevaba en el regazo una pequeña urna de cenizas.
Al aproximarnos al desfiladero, la capa de nieve se hizo más espesa. Mi padre y el padre de Aki bajaron del coche en el aparcamiento de un parador y empezaron a ajustar las cadenas a las ruedas. Mientras, decidí dar un paseo por los alrededores. Más allá del aparcamiento había un bosquecillo. Una capa de nieve impoluta cubría el sotobosque; la que se acumulaba en las copas de los árboles iba cayendo al suelo con un quejido seco. Al volverme, vi cómo al otro lado del guardarraíl se extendía un océano invernal.
Sereno y tranquilo, un mar de un color azul brillante. Todo cuanto veía me llenaba de nostalgia. Cerré con firmeza la tapa de mi corazón y le di la espalda al mar. La nieve del bosque se hizo más profunda. Las ramas quebradas y los duros tocones hacían que andar me resultara más difícil de lo que había supuesto. De repente, un pájaro levantó el vuelo de entre los árboles
con un chillido agudo. Me detuve y agucé el oído. No oí nada más. Era como si no quedara nadie en este mundo. Al cerrar los ojos, percibí, como cascabeles, el sonido de las cadenas de los coches que circulaban por la carretera. Empecé a no saber dónde estaba, a no saber
quién era yo. Entonces oí la voz de papá que me llamaba desde el aparcamiento.
Una vez cruzamos el desfiladero, todo marchó tal como estaba previsto. Llegamos al aeropuerto a la hora fijada y, tras facturar, nos dirigimos a la puerta
de embarque.
—Se lo agradezco mucho —les dijo papá a los padres de Aki.
—No, al contrario —repuso el padre de Aki
sonriendo—. Seguro que Aki se siente feliz de que Sakutarô nos acompañe. Dirigí los ojos hacia la pequeña urna que la madre de Aki llevaba entre los brazos. Dentro de aquella urna envuelta en un precioso brocado, ¿estaba realmente Aki?
Poco después de que despegara el avión, me dormí. Y tuve un sueño. Soñé con Aki, cuando todavía estaba bien. En el sueño, ella me sonreía. Con su sonrisa de siempre, un poco cohibida. «¡Saku-chan!», me llamaba. Su voz permanece claramente en mis oídos.
«¡Ojalá el sueño fuera realidad y la realidad fuese un sueño!», pienso. Pero es imposible. Por eso, al despertarme, siempre estoy llorando. No es porque esté triste. Es que, cuando regreso a la realidad desde un sueño feliz, me topo con una fisura que me es imposible franquear sin verter lágrimas. Y eso, por más veces que me ocurra, siempre es así.
A pesar de que habíamos despegado en la nieve, aterrizamos en una ciudad turística bañada por un sol de pleno verano. Cairns. Una hermosa ciudad a orillas del Pacífico. Un paseo de frondosas palmeras. El asfixiante verdor de las plantas tropicales desbordándose alrededor de los hoteles de lujo que se alzaban frente a la bahía, cruceros de diversos tamaños amarrados
en el embarcadero. Camino del hotel, el taxi circuló junto a la franja de césped que bordeaba la costa. Mucha gente disfrutaba de un paseo al atardecer.
—Parece Hawai —dijo la madre de Aki.
A mí me parecía una ciudad maldita. Todo estaba igual que cuatro meses atrás. Durante aquellos
cuatro meses, una estación había sucedido a otra estación y, en Australia, la primavera incipiente había dado paso al pleno verano. Pero nada más. Sólo eso. Íbamos a pasar una noche en el hotel y a regresar en el vuelo de la mañana siguiente. La diferencia horaria con Japón es muy pequeña, de modo que, desde nuestra salida, el tiempo había transcurrido tal cual. Después de cenar, me tendí en la cama y me quedé absorto con la mirada clavada en el techo. Y me dije a mí mismo: «Aki no está». Tampoco estaba cuatro meses atrás. La dejamos en Japón cuando vinimos de viaje de estudios, los de la clase de bachillerato. Desde una ciudad japonesa cerca de Australia hasta una ciudad australiana cerca de Japón. En una ruta así, no hay que hacer escala
a medio camino para repostar combustible. Por esa curiosa razón aquella ciudad había entrado en mi vida. La había encontrado hermosa. Todo cuanto veía me parecía
diferente, exótico, fresco. Aki existía. Aki lo estaba viendo a través de mis ojos. Pero ahora, vea lo que vea, no siento nada. ¿Qué diablos debería mirar yo aquí? Eso es porque Aki se ha ido. Porque la he perdido. Ya no hay nada que desee ver. Ni en Australia, ni en Alaska, ni en el Mediterráneo, ni en la Antártida.
En este mundo, vaya a donde vaya, siempre me sucederá lo mismo. Por más maravilloso que sea el paisaje que tenga ante los ojos, nunca me emocionaré; la más hermosa de las vistas no me gustará. Ha desaparecido la persona que me hacía desear ver, saber y sentir..., incluso vivir.
Ella ya no volverá a estar jamás a mi lado. Sólo cuatro meses. Sucedió en el tiempo en que una estación da paso a la otra. Una chica se fue sin más de este mundo. Un hecho insignificante, sin duda, si a ella la consideras uno entre seis mil millones de seres humanos. Pero yo no estoy con esos seis mil millones. A mí, una sola muerte me ha despojado de todas mis emociones.
Aquí es donde estoy yo. Donde me encuentro sin ver nada, sin oír nada, sin sentir nada.
Pero ¿estoy aquí realmente? Y si no, ¿dónde estoy, entonces?
de Kyoichi Katayama

04 octubre 2008

un soneto José María VALVERDE

Entro en el aula, empiezo a hablar a un ciento

de caras mal despiertas: por un rato

sobre sus vidas, rígido, desato,

cumpliendo mi deber, el frío viento



del Ser y de la Nada, de la Idea

y la Cosa; la horrible perspectiva

del vértigo que se ha hecho inofensiva,

espectáculo gris, vieja tarea.



Si alguno, casi inquieto, se remueve,

los más sueñan, o apuntan, o hacen ruido.

Pero basta: es la hora ya. De nueve



a diez, vieron el Ser, ese aguafiestas;

prosigan su vivir interrumpido:

yo vuelvo a mi silencio sin respuestas.

02 octubre 2008

HORACIO. Odas.

Feliz aquel, y sólo aquel
que puede afirmar que el hoy le pertenece;
que, seguro en su casa, puede decir:
mañana, haz lo que quieras, porque hoy he vivido.
Ser bello o espantoso, llueva o truene,
la alegría que he poseído a pesar del hado, es mía.
Ni siquiera el cielo tiene poder sobre el pasado
porque lo que ha sido, ha sido, y yo he tenido mi momento.

30 septiembre 2008

Pigmeo leyendo, de Raúl Pérez Cobo

Terminé. Fin.

29 septiembre 2008

Augusto Monterroso

“Lo cierto es que el escritor de brevedades nada anhela más en el mundo que escribir interminablemente largos textos en que la imaginación no tenga que trabajar, en que hechos, cosas, animales y hombres se crucen, se busquen o se huyan, vivan, convivan, se amen o derramen libremente su sangre sin sujeción al punto y coma, al punto”.

28 septiembre 2008

Raúl Pérez Cobo, Síntesis.

Sin-tesis.

27 septiembre 2008

Jorge Luis Borges

“hace unos veinticuatro siglos, soñó que era una mariposa y no sabía al despertar si era un hombre que había soñado ser mariposa o una mariposa que ahora soñaba ser hombre”